Por Pamela Fadiga
Cada momento es un acto
irrepetible. Las palabras, ladrillos del muro de las intenciones. Sólo el
silencio es claro e implacable, abrumador.
Callar, recrear el
silencio, sentirlo, de ese que se instala a pesar del caos sonoro del ambiente:
risas, música, murmullo y gentío. La distracción es un no ha lugar ineludible, casi obligatorio.
Predispuesta a dejar que
me domine y gobierne me preparé para sentir el placer que se construye con el
otro sin acuerdos previos. Dejarse llevar es la única regla esta noche.
Mirándolo pude descubrir cada milímetro de gesto en su rostro, calcular la presión que ejercen sus dedos y cada propósito en el movimiento de sus manos.
Mirándolo pude descubrir cada milímetro de gesto en su rostro, calcular la presión que ejercen sus dedos y cada propósito en el movimiento de sus manos.
La acariciaba dulcemente,
violentamente. La recorría con la yema de sus dedos algo deterioradas; sus uñas
largas eran la combinación perfecta entre experiencia y jovial actitud.
Existe ese segundo donde
el impulso toma protagonismo... arriesgo. Adrenalina que corre en partículas de
sangre mezclada con la frialdad necesaria para definir el cuándo del gatillo.
Experimentar, intentar,
probar, conectar; se manifiesta cierta comunidad entre ambos, entre varios, entre casi todos. Siempre hay alguien que
desentona, que no suma, que hace la suya, que desafina.
Mientras ellos se
provocan soy testigo de la histeria, la aceleración, el éxtasis. Quedo afuera.
Sólo la pasión puede
transitar estados supremos, indescriptibles, agobiantes. Dramatismo, entiendo
que es necesario. La acumulación tiene pulsiones que se engendran en la espera
y se proyectan en la vivencia. Están en carne viva, los envidio.
Él me incluye en aquella centésima
de segundo en la que me mira fijo y sonríe vilmente. Me inhibe pero continúo
sin inmutarme. Y yo que pensé que era la que lo estaba desnudando con el lente
de mi cámara. Cada instrumento, esa extensión de sus cuerpos, esa herramienta,
esa amante fiel, es una de las pocas que los estimula sin tener que seducirlos.
Fotografiarlos es parte
de hacerles el amor sin que se enteren.
No todos satisfacen al
lente pero los que sí, se transforman en breves obsesiones que duran hasta la
última nota de cada show.

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